Picasso y Stein

La amistad con la escritora Gertrude Stein no sólo le proporcionó una gran clienta y le abrió las puertas al más fascinante Salón de París, sino que también dio lugar y una de sus tempranas obras maestras. La primera vez que la retrató de fué en 1905, pero se estuvo peleando con el rostro y sólo después de más de noventa sesiones lo consiguió acabar, para gran desilusión de Stein.

Despues Picasso se marchó de vacaciones a España, donde realizó lienzos que enfatizaban una nueva angulosidad y geometría. A su regreso, Picasso volvió a retomar el retrato y repintó el rostro de Stein. Sus rasgos se convirtieron en una máscara, con la boca esbozada en una firme línea, la mejilla oval y los ojos en forma de almendras asimétricas. A sus amigas no les gustaba el cuadro, pero a Stein sí, y afirmó con su típica prosa retorcida: <<soy yo, y es la única reproducción de mí que siempre seré yo misma, para mí>>.

Cuando los amigos hacían ver a Picasso que el cuadro no se parecía en absoluto a Stein, éste simplemente contestaba: <<ya se parecerá>>.

El hombre que salvó a Cortes en 2 ocasiones

Cristóbal de Olea fue la persona que salvó a Hernán Cortés de morir a manos de los aztecas en dos ocasiones. La primera vez sucedió en Suchimilco, y la segunda cuando cortés junto a 68 de sus conquistadores, fue capturado de camino hacia el gran templo. Antes de ser ejecutado, Cristobal de Olea consiguió liberar a Cortés, entregando su vida pero a cambio logrando matar a los 4 soldados que lo tenían apresado. Este heroico y anónimo soldado murió con tan solo 26 años de edad.

Carlos III y los madrileños

Carlos III emprendió numerosas obras en Madrid para convertirla en una ciudad europeizada. Uno de los proyectos más ambiciosos era el de construir un sistema de conductos de canalización de las aguas, con el fin de limpiar la ciudad de residuos. Esta propuesta no gustó nada a los madrileños, por lo que el monarca al enterarse de las quejas dijo: <<Mis súbditos son como niños pequeños, lloran cuando se les lava>>.

Los aplaudidores en la antiguedad

Los aplausos han existido ya como costumbre desde la antigua Grecia. Se sabe que en la antigua Roma tanto actores como políticos contrataban a personas para que aplaudieran en sus presentaciones, y de esta forma influyeran en el resto del auditorio.

Nerón por ejemplo pagaba a casi 5000 aplaudidores para que festejasen cada una de sus apariciones en público; a estas personas se les obligaba a ensayar los aplausos cuando no estaban trabajando.

El peso de la responsabilidad

Es sabido que los cartagineses exigían a sus responsables la total responsabilidad de sus derrotas, es por ello, que los generales que eran derrotados en el campo de batalla, eran condenados y ejecutados como castigo a su deficiente servicio.

Por conocer la opinión del pueblo

El rey Felipe II, enviudó hasta en 3 ocasiones, era una persona obsesionada con saber lo que se decía de él; por ello, era frecuente el que se disfrazara por las noches y recorriese el Madrid de su época para enterarse que opinaba el pueblo de él.

Bandera España

La bandera actual española, proviene de un concurso que ordenó el monarca Carlos III, debido a que la bandera de aquellos momentos, la blanca de los borbones con el escudo de España, era fácilmente confundible con países con otras monarquías borbónicas como la francesa.
El monarca eligió finalmente la bandera roja y amarilla, porque ambos colores creaban una combinación muy bien identificable en el mar, e imposible de confundir con las demás banderas.

Las manías de Felipe V

El Monarca Felipe V, siempre presento anomalías en su comportamiento. No se cortaba el pelo ni las uñas de los pies; mandaba encender cientos de luces por las noches y cerrar con cortinas las ventanas durante el día para estar en completa oscuridad.

Un suicidio incomprensible

Francois Vatel, concinero del monarca Luis XIV, se suicidó atravesándose el corazón con una espada, horas antes de una cena para 2000 comensales; el motivo del acto fue, el no poder afrontar que el marisco llegase a su cocina con retraso.

Colón y la luna llena

En febrero de 1504 un desesperado Colón quedó varado en Jamaica. Abandonado por su tripulación, los isleños se negaban a darle comida. Sabiendo por su almanaque que un eclipse lunar iba a tener lugar el 29 de ese mismo mes, el almirante advirtió a los isleños que su dios estaba enojado con ellos por no proporcionarle alimentos, y que la luna “se levantaría inflamada de ira”. La noche del eclipse la luna se oscureció y adquirió un tono rojizo, y los isleños aterrorizados se pusieron a disposición de Colón y le suplicaron que abogara por la misericordia divina.

« Older entries